martes, 17 de enero de 2006

LA HISTORIA DE RAMÓN

Al mirar su pelo de color negro, lacio, brillante y lleno de vida; y extasiarme en sus peludas patas de color amarillo, aún no puedo concebir, creer o aceptar, que ese hermoso perro que observo sea aquel que merodeaba la casa cada mañana, a la espera de un pedazo de pan, o de aquella papa rellena que mi hermano le llevaba al otro lado de la calle, donde él paciente y con sus ojitos tristes esperaba.

Es esta la historia de Ramón, un perro que deambulaba las calles... un perro que tal vez un día fue arrojado por algún insensato amo que a patadas, o por el maltrato. o quizá debido a los desperdicios que comía en cada esquina del pueblo, perdio todos sus dientecitos superiores e inferiores y contrajo de paso, la maldita sarna que afecta sin misericordia a muchos animales.

Cada mañana, Ramón, con su cuerpo repleto en una completa llaga, con sus orejitas afectadas por heridas, chorreando sangre, llegaba y se sentaba al otro lado de la calle, frente a mi casa, para que mi hermano, le regalara algo de comer. Y por supuesto, esa fue su suerte: dar con mi hermano y además, acercarse a nuestra vecina, que al igual que en mi casa, adora a los animales, especialmente a los perros.

Un día cualquiera, mi hermano y la vecina, se pusieron de acuerdo, y condoliéndose de Ramón (que era llamado "el desplazado") decidieron bañarlo allí mismo en la calle y untarle azufre con otro medicamento para sanar sus llagas. Fue así como su cuerpo empezó a tornarse grisaceo y el pelo, o más bien, los pocos que tenía, terminaron por caerse completamente. El desplazado, ahora era llamado "la hiena", por su cuerpo encorvado, su piel horrorosa, sumado al asco que provocaba a todo aquel que pasaba y lo veía.

Los días pasaron, hasta que Ramón milagrosamente, comenzó a sanar de sus llagas, sólo las heridas de sus orejitas, permanecían vivas.

El siguiente paso fue llevarlo al veterinario, quien le aplicó una inyección, que terminó de obrar el milagro. sin dejar de mencionar los cuidados que tanto mi hermano como mi madre le prodigaron, terminando de curar sus heridas, y no permitiendo que él mismo se lastimara al tratar de rascarse. Ahh!!.. se me olvidaba mencionar, que Ramón optó por dormir en la terraza de mi casa, y por ello mi hermano, religiosamente le sacaba, todas las noches, una alfombra pequeña donde el corría a acostarse. Cabe mencionar que no faltaba el ser indolente que lo miraba con desprecio y que arrojaba a la mitad de la calle la alfombra donde él dormía.

Y no sólo mi hermano, la vecina y mi madre, velaban por la salud de Ramón. Mis sobrinos, mis otros hermanos y el resto de los vecinos, se dieron a la tarea de hacer otro tanto, enviandole comida, remedios, plata, para que terminara de curarse. Y el milagro se operó: Ramón sobrevivió y unos pocos pelos comenzaron a brotar. Y un día, ya no recibió más su baño de cura en la calle, sino que fue llevado al patio de mi casa, por mi sobrino Luis Manuel, quien con sendos guantes en sus manitas, lo cargó y transportó hacia aquel lugar, para bañarlo allí, junto con su hermanita Melissa, pese a las recomendaciones de muchos, acerca del peligro de contagio de dicha enfermedad . Cuentan que era un espectáculo y toda una ternura extrema, ver como aquel par de niños bañaban a aquel animalito y una vez lo hacían, volvían a cargarlo y colocarlo en la puerta de la casa.

Transcurrieron las semanas y dos largos meses, hasta que el día menos pensado, mi hermano Jorge llamó a Ramón para que tomara su acostumbrado alimento (para ese momento, les hablo de concentrado y enlatado Pedigree), dentro de la casa, junto con Paquita, la perrita French Poodle y Michú, el gato terrible, exterminador de ratones.

Y una noche de lluvia, de torrencial y fría lluvia... a media noche, mi hermano recordó que Ramón dormía en la terraza, y salió... y allí lo encontró tiritando de frío, empapado. No pudiendo soportar aquello, Jorge lo llamó para que entrara a la casa. Y esa no fue la primera noche de Ramón bajo techo, siguieron muchas más, hasta que finalmente, decidieron dejarlo por completo en la casa, mientras sus heridas sanaran, evitando por todos los medios que se acercara a los otros animales.

Y Dios quiso que Ramón sanara completamente. Su pelo crecía a borbotones, hermoso, lacio, brillante. A ratos, agradecido, intentaba morder las botas de los pantalones de mis hermanos o sus zapatos, con las encías sin dientes.

Y asi se convirtió en el centro de atracción de toda la familia. Y al fin, supe yo de él, porque quiero aclararles, que lo que aquí les narro, fue información recibida durante las vacaciones de navidad, por cada una de las personas, que fueron testigos oculares de todo su proceso.

Yo no me podia perder el placer de conocerlo, y llegado el día, partí de Barranquilla para Fundación, mi pueblo natal y fue así que al llegar a casa después de dos horas y media de viaje, y ver que nos esperaban en la puerta, saludé con cariño a mis hermanos, a mis sobrinos, mientras solícita preguntaba: "Y Ramón dónde está?". Ya se imaginarán la reacción de todos al ver que estaba más pendiente de él, que de ellos.

Y el momento de conocerlo llegó a su final. Allí estaba Ramòn. Hermoso, alegre y saludándome como si toda la vida me hubiera conocido. Y no sólo a mí, sino a mis perras poodle: Ashley y Katy. Al verlo, mi primera reacción fue cargarlo y abrazarlo. Era como un muñeco de felpa. Invitaba a quererlo. Desde ese momento supe que Ramón y yo seríamos los mejores amigos. Y así fue. Ramón, aquel perro callejero, se ganó mi corazón... por siempre.

Amy/enero 18/2006 9:39 pm